¡Despierta!
Maldita sea, despierta. Deja de tejer esa mortaja de pensamientos cautivos; basta de regalarle tu vida a lo que ya murió o a lo que aún no nace. No seas un fantasma en tu propio cuerpo. La batería y la guitarra no suenan, devoran el espacio. Son el hacha que rompe mis bloqueos mentales, esas paredes que otros levantaron en mi cabeza hasta convertirlas en mi propia celda. Pero hoy, en este sótano, el ruido es libertad.
¡Respira!
El aire es un veneno sagrado de sudor y adrenalina, el aroma de estar, por fin, vivos. Siente la conexión eléctrica de cuerpos que colisionan en un ritual de carne y estática. Entre máscaras de cera, disfraces gastados y una capa que ondea como el último estandarte de la noche, el peso del mundo se evapora en un acorde de distorsión. De pronto, flotar se convierte en la única opción. La atmósfera es un imán milenario. Por un segundo eterno, busca dentro de mí, introduciéndose entre los bloqueos mentales que otros, en su miedo, me heredaron.
Y entonces, por un instante…
solo por un instante, solté el timón. Mandé al carajo el control, ese grillete invisible que nos hace esclavos. Y en ese vacío sagrado, el tiempo se detuvo a mirarme a los ojos. Sentí el vaivén de la vida como un golpe de corriente; un reset violento para volver a conectar, finalmente, conmigo. Este despertar me revela el gran desperdicio: somos seres que desperdician horas —vidas enteras— tejiendo pensamientos cautivos. Es una ofensa al tiempo mendigarle tiempo al pasado. La vida real es este caos, esta cima de brazos que me sostienen, este segundo que late antes de que la música se detenga.
